jueves, 31 de julio de 2014

#LIBRO: Cazadores de microbios

Fragmentos.
Lo que vio aquel día, es el comienzo de esta historia. El era un observador maniático; pero ¿a quién, sino a un hombre tan singular se le habría ocurrido observar algo tan poco interesante: una de las millones de gotas de agua que caen del cielo? Su hija María, de 19 años, que cuidaba cariñosamente a su extravagante padre, lo contemplaba, mientras él, completamente abstraído, cogía un tubito de cristal, lo calentaba al rojo vivo y lo estiraba hasta darle el grosor de un cabello... María adoraba a su padre. ¡Ay del vecino que se permitiera burlarse de él! Pero, ¿qué demonios se proponía hacer con ese tubito capilar? 
Ahora, nuestro distraído hombre, con ojos dilatados, rompe el tubo en pedacitos, sale al jardín y se inclina sobre una vasija de barro que hay allí para medir la cantidad de lluvia caída. Regresa al laboratorio, enfila el tubito de cristal en la aguja del microscopio...
De pronto se oye su agitada voz :
 —¡Ven aquí! ¡Rápido! ¡En el agua de lluvia hay unos bichitos! ¡Nadan! ¡Dan vueltas! ¡Son mil veces más pequeños que cualquiera de los bichos que podemos ver a simple vista! ¡Mira lo que he descubierto!
Había llegado el día de su vida de Leeuwenhoek.
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Día tras día, todas las mañanas se acercaba , expectante, a la estufa, sin que observase cambio alguno. Cualquier otro que no hubiera sido él, habría tirado aquellos tubos causantes de tanta desilusión. 
Pero él no tiró los tubos, y al aproximarse a la estufa en la mañana del día quinceavo, encontró cubierta de pequeñas motas brillantes la superficie aterciopelada de la gelatina de suero. Con mano temblorosa cogió la pulpa, y al examinar un tubo tras otro, encontró en todos ellos las mismas motitas brillantes que se resolvían en pequeñas escamas secas. Aturdido, arrancó el tapón de algodón de uno de los tubos, flameó mecánicamente la boca en la llama de un mechero Bunsen, y con un alambre de platino extrajo una de aquellas colonias escamosas que debían ser microbios, y sin saber cómo ni cuándo, se encontró sentado ante el microscopio. 
Entonces se dio cuenta de que en el árido camino de su aventura había llegado a un lugar grato y acogedor: allí estaban en miríadas incontables los mismos bacilos, los bastoncitos retorcidos que había descubierto en un principio en los pulmones del obrero víctima de la tuberculosis. Estaban inmóviles, pero vivos seguramente, y en trance de multiplicarse, eran delicados y remilgosos en cuanto a alimentación, y de poco tamaño, pero más salvajes que las hordas de hunos y más mortíferos que diez mil nidos de serpientes de cascabel. 
Koch confirmó este primer éxito en meses de intensa labor experimental, comprobándolo todo con una paciencia y un detalle que causan estupor...

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